Lo he vuelto a hacer.
Hacía cosa de nueve meses que no dejaba de pensar en un cabrón del que estuve enamorada. Me la jugó tan bien sin yo darme cuenta de nada que terminé por engancharme a él, por aferrarme de manera irracional y estúpida.
Hace nueve meses me sentía inferior, me veía peor que cualquier persona, y tenía que focalizarlo de alguna manera, esa manera fue comiendo. Me habitué a comer mucho en los momentos en los que me encontraba sola. Cualquier cosa me servía: chocolate, algo dulce, algo salado... lo que fuera. Lo ingería en un tiempo record y después comenzaba el arrepentimiento. Me miraba al espejo y no me sentía bien, al contrario, me sentía como una puta nutria que acaba de comer un kilo de mierda. Y por más que me estirase el vientre, que me lo apretujase con fuerzas, esa grasa seguía ahí, esa nutria que se miraba al espejo con una flácida sonrisa más de desesperación que de alegría en sí misma, seguía ahí. Me armaba de valor cada día, abría la taza del váter y me liberaba, me liberaba de todo resto de comida. Se me saltaban las lágrimas, los ojos se me enrojecían y en la garganta se me quedaba una especie de nudo, de malestar que nada tenía que ver con el sentirse bien. Pero igualmente lo seguía haciendo. No me importaba nada, sólo verme bien frente al espejo. Quererme como nunca ese capullo me quiso.