lunes, 11 de enero de 2016

I hate the stupid people

Y otra vez, otra vez soy la mala, como si no existiese otra cosa en el mundo que mi maldad. No se dan cuenta de que es preferible decir las cosas como son, claras, sin tapujos, que no callarse y ser una puta marioneta de los pensamientos de los demás.
Porque si yo fuera ella, estaría controlada bajo las cuerdas de "quedar bien" y de "hipocresia" y no tendría más remedio que tragar, tragar y callar.
Pero yo sigo pensando que para algo el Universo, Dios, o quién coño nos diseñase a los seres humanos, nos hizo con una boca para hablar y una personalidad y una identidad para tomarla y moldearla a placer.
Y si, amigos, hoy quiero gritar, hoy quiero hablar. Hoy quiero hablar de la falsedad, de los que van hacia el sol que más calienta y de aquellas personas que no quieren hablar por miedo a. Yo no tengo miedo, o al menos no lo tengo a hablar, ¿por qué he de tenerlo? Tengo más miedo a perderme, a callarme y a no saber cuál es mi verdadero yo, y a pensar que soy aquella pieza más, aquella que encaja perfectamente con las demás, que, a pesar de ser más estrecha e irregular se amolda a todo lo que venga con tal de no destacar, con tal de sentirse como una más.
Pues no. Si he de ser diferente, lo seré, si he de hablar, hablaré y no callaré. Y si hay algo que me parece estúpido lo gritaré si hace falta. Porque ya basta de actuar, basta de callar, basta.
Y quizás, y lo más probable, no encaje con las personas de mi alrededor, o diga cosas que en principio puedan ser hirientes o extrañas a lo que estamos escuchado a oír, pero tendré la certeza, y por qué no, el alivio de poder sentirme bien, de seguir mis impulsos y de ser yo, no una de las millones de marionetas que existen en la sociedad.

lunes, 24 de agosto de 2015

Uno.

Lo he vuelto a hacer.
Hacía cosa de nueve meses que no dejaba de pensar en un cabrón del que estuve enamorada. Me la jugó tan bien sin yo darme cuenta de nada que terminé por engancharme a él, por aferrarme de manera irracional y estúpida.
Hace nueve meses me sentía inferior, me veía peor que cualquier persona, y tenía que focalizarlo de alguna manera, esa manera fue comiendo. Me habitué a comer mucho en los momentos en los que me encontraba sola. Cualquier cosa me servía: chocolate, algo dulce, algo salado... lo que fuera. Lo ingería en un tiempo record y después comenzaba el arrepentimiento. Me miraba al espejo y no me sentía bien, al contrario, me sentía como una puta nutria que acaba de comer un kilo de mierda. Y por más que me estirase el vientre, que me lo apretujase con fuerzas, esa grasa seguía ahí, esa nutria que se miraba al espejo con una flácida sonrisa más de desesperación que de alegría en sí misma, seguía ahí. Me armaba de valor cada día, abría la taza del váter y me liberaba, me liberaba de todo resto de comida. Se me saltaban las lágrimas, los ojos se me enrojecían y en la garganta se me quedaba una especie de nudo, de malestar que nada tenía que ver con el sentirse bien. Pero igualmente lo seguía haciendo. No me importaba nada, sólo verme bien frente al espejo. Quererme como nunca ese capullo me quiso.